Huellas en la memoria

Recordar los días felices no es problema; olvidar los días de cautiverio es casi imposible porque las heridas del alma cicatrizan a fuego lento. Ahora que tengo más tiempo para meditar, me pregunto: ¿cómo sobreviví a tanta miseria humana? Una miseria que no tiene que ver solamente con la población penal, porque reconozco que conocí muchos hombres decentes en prisión que fueron lanzados al bajo mundo del presidio por el sistema excluyente que impera en Cuba desde hace medio siglo. Ellos, sin percatarse, se convirtieron también poco a poco en víctimas de la dictadura.

Después de los manipulados y sumarísimos juicios contra los implicados en la causa de los 75, la mente maquiavélica de los órganos de inteligencia cubana y la máxima dirección del PCC determinó dispersarnos por varias prisiones de la geografía cubana, a cientos de kilómetros de nuestros hogares. Fue el castigo adicional a nuestra familia y el experimento con el que esperaron de nuestra posible claudicación. Se equivocaron. Mi esposa e hijo, quienes cargaron la cruz mas pesada, no faltaron a una sola visita. El niño comenzó a frecuentar las cárceles con apenas 4 añitos y mi esposa es el mayor orgullo de mi existencia.

Memorizando el día que fui trasladado -junto a otros hermanos de causa- desde el centro de operaciones de la Seguridad del Estado de Ciego de Ávila hacia la zona occidental de la Isla, recuerdo con nitidez el aparatoso operativo desplegado por la policía y el valor de mis compañeros de infortunio. Esto y la convicción de que habíamos sido sancionados injustamente a largas condenas, provocó en mí una fuerza adicional que me sirvió de aliciente durante mis 87 meses de encierro.

Pedro Arguelles viajó con nosotros. Él y yo fuimos sancionados a 20 años de privación de libertad por el tribunal provincial de Ciego de Ávila. Desafortunadamente él aún está preso porque el odio y la intolerancia les impiden al régimen comprender que él no desea abandonar Cuba, aunque deba vivir el resto de la vida con la espada de Damocles pendiente sobre su cabeza, igual que otros del grupo antes citado.

Llegué a la penitenciaria de “Aguica” el 19 de abril del 2003. Allí nos ordenaron bajar a Manuel Uvals Gonzáles, Alexis Rodrigues Fernández y a mí. Los funcionarios de orden interior practicaron un minucioso registro de todas nuestras pertenencias y posteriormente fuimos trasladados a distintas secciones del penal, bien distantes unos de otros, pues la incomunicación entre nosotros debía ser factor clave del castigo. En esto también se equivocaron los dueños del poder.

Esa noche encontré cama en el piso. La celda que me asignaron fue la 4 de la tercera planta. A mi alrededor, se encontraban personas peligrosas, sancionadas a cadena perpetua por asesinatos; a otros, el régimen penitenciario los tenía aislados por indisciplinas graves, pero todos se solidarizaron conmigo y posteriormente con Blas Giraldo Reyes del grupo de los 75. Si digo que dormí esa noche sería un reverendo mentiroso, porque mi mente viajó en tiempo y espacio a mi humilde hogar situado a 400 Km. de distancia junto a Ole y Jimito. Éste último era quien menos comprendía lo que realmente estaba sucediendo. Cuando más recapacitaba a de mi situación, sonó la campana para llamar al matutino en “Aguica”. Lo peor estaba por venir, pero esa es historia para otra ocasión

Pablo Pacheco

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