El Precio de Ser un Hombre Libre

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Imagen: Tomada durante la Bienal de La Habana

El mundo en que vivimos no puede verse como una gota de agua en un cristal. Y menos aún, verlo en blanco y negro. Si aspiramos ser justo con el prójimo, necesariamente debemos de ver los matices de la vida. Entonces, algo nos dirá, que la sinceridad comienza por uno mismo, de lo contrario jamás encontraremos la justicia.

El universo de hoy inevitablemente se ha globalizado. En mi opinión particular, para bien de la humanidad. Ante que las autoridades de la isla me llevaran a prisión por motivos de conciencia, me preguntaba una y otra vez, porque unos presos políticos pueden denunciar la realidad de las prisiones cubanas y otros no tanto.

Ahora que estoy en el lugar de ellos, encontré la clave: en estos 6 años y 4 meses de cautiverio, muchos de nosotros denuncian sistemáticamente las violaciones de los derechos humanos, y hasta donde tengo noción, dos de mis hermanos han podido escribir sus memorias en sendos libros.

Por supuesto que todos no podemos tener la misma capacidad intelectual. Si vamos a ser objetivos y prácticos tenemos que analizar la importancia de escribir sobre la crueldad en los centros penitenciarios de Cuba y no ser un comodón de primera clase y ver la situación desde el punto de vista más realista posible.

Creo que para criticar hay que ganarse el derecho. No todas las prisiones son iguales y no por ello puedo imaginar a la comunidad internacional valorar que la situación en Cuba es casi un paraíso. Solo nosotros los presos políticos, en especial los de la causa de los 75, sabemos lo que es vivir, si es que se le puede llamar vivir, en celdas de aislamiento y tapiada sin sacarnos al sol durante 18 meses, visitas cada 3 meses, pabellones conyugales cada 5. Es decir, tenemos sexo con nuestras esposas dos veces al año.

Jabas de 30 libras. Sin teléfono. Dos asistencias religiosas en casi dos años. Soportando los gritos enloquecidos de los condenados a muertes. A esto, súmele, que al llevarnos para los destacamentos aprendimos a vivir en la jungla, junto a delincuentes connotados, violadores, pederastas, asesinos, en fin lo peor de la sociedad cubana.

Estoy seguro, que ninguno de nosotros será nuevamente el mismo. Y no es por debilidad. Ha pasado algún tiempo y seguimos firme como la roca. Pero verdaderamente, ya nunca más volveremos a ser los mismos.

Ahora tengo mi blog, que es de todos como siempre digo. Si por esto alguien cree que las cárceles cubanas son el Olimpo, entonces que me perdonen: deben dar un enjuague a su cerebro. Hay días que he escrito la historia de un preso común, con la ulcera al reventar y mi riñón sin dejarme levantar de la cama. Pero aún así sigo adelante. Sin saber si saldré libre de este sepulcro de hombres vivos. Mi única esperanza es saber que estoy preso por mis ideas y por querer ser un hombre libre. Entonces vale la pena.

Pablo Pacheco, prisión de Canaleta.

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