La Educación: Instrumento de dominación ideológica

Imagen: La vendedora de flores (1942) - Diego Rivera

Por Adolfo Fernández Sainz, prisionero de la Primavera Negra de 2003

El esfuerzo realizado y los logros obtenidos por el gobierno revolucionario en materia de educación han sido en todos esos años uno de los caballos de batalla de la propaganda castrista. Si vamos a atenernos a los números fríos, por ejemplo el número de graduados en las distintas carreras, es cierto que el avance de la educación en Cuba no tendría parangón con ningún otro país. Pero la realidad del pueblo cubano muestra facetas muy negativas que no aparecen en la versión oficial.

La escuela cubana de la época prerrevolucionaria era un verdadero orgullo de la nación, la calidad del magisterio era excelente, el maestro cubano era pagado y respetado por toda la sociedad , un digno heredero de Varela Luz y Caballero y Mendive. Cuando de pequeño oía hablar a los mayores, siempre se referían a sus maestros con una gran admiración y no recuerdo ningún caso contrario. Es muy notorio que en la prensa oficialista cubana nunca se elogia a aquellos. Había escuelas públicas gratuitas y algunas escuelas privadas pagadas; también hay que decir que había zonas del país en las que un niño tenía que caminar largas distancias para asistir a una modesta escuela rural, pero frente a esos alumnos, por humilde que fueran había un buen maestro. Ahora se insiste en que en la actualidad hay aulas con un maestro para un solo alumno en zonas muy apartadas, aunque no me consta, no hay que poner en duda que tal caso pueda existir. Pero en la generalidad de las aulas cubanas a las que asisten millones de escolares, el maestro puede ser improvisado, inmaduro, inculto, falto de los conocimientos específicos, grosero, deformador de conductas e incluso inmoral. Con tales maestros el proceso docente educativo apenas podrá ser digno de tal nombre.

¿Cómo hemos retrocedido tanto? ¿cómo se ha perdido tanta calidad en un terreno tan fundamental para el futuro de la nación?. También hay que reconocer que, pese a todo, siempre ha habido maestros dispuestos a llevar a sus alumnos el pan de la enseñanza, pero son la excepción. En mi pueblo había una escuela pública primaria, excelente por cierto, con magníficos maestros formadores de buenos ciudadanos y una academia privada que llegaba a lo que hoy sería el noveno grado. Para continuar estudios formales había que trasladarse a la ciudad cabecera, Pinar del Río. Las familias pobres, haciendo un gran esfuerzo, mandaban a sus hijos a la Escuela de Comercio que graduaba contadores, o a la Normal, donde se estudiaba magisterio. Pero muchos no podían. Una de las grandes aspiraciones de las familias pobres, era que sus hijos pudieran estudiar. Después de la revolución de 1959 la primera impresión general del pueblo era que había una gran ansia de superación, un notable deseo de aprender. Si antes una gran parte de los alumnos tenían que conformarse con terminar el sexto grado o como máximo el noveno, ahora los jóvenes aspiraban al bachillerato y a la universidad. Si antes no todos podían pensar en estudios superiores por la carestía de ir a vivir a una ciudad lejana, ahora cualquiera podía obtener una beca gratuita y continuar estudios hasta graduarse en la universidad. Eso fue un gran beneficio indiscutible para la familia cubana. En el pueblo reinaba el entusiasmo.

Pero junto a estas medidas positivas que beneficiaron sobre todo a los pobres y que representaron un gran aliento para todos no tardó mucho en producirse la expropiación de las escuelas privadas. De la noche a la mañana, todas las escuelas pasaron a manos del estado. Aquello fue en primer lugar una gran injusticia. Las escuelas privadas habían realizado una labor educativa excelente, algunas eran notables por su altísima calidad y sus dueños no se merecían por ningún motivo perder sus legítimas propiedades. Se produjo un gran descontento, las iglesias pusieron el grito en el cielo, hay que decir que algunas de las mejores escuelas privadas eran confesionales. Aquello fue una declaración de guerra y un gran aviso para toda la sociedad de que el comunismo no se conformaba con poseer la esfera material. Ahora el estado tenía en sus manos a todos los niños y se iba a encargar de su educación.

Los defensores del castro-comunismo podrán decir que con la estatización de la escuela privada se corrigió una grave desigualdad. Es cierto que los más pobres no podían aspirar a las escuelas privadas, pero había escuelas gratuitas. En todo caso lo que se debió hacer fue mejorar la escuela pública gratuita, que ya era buena y llevarla a los rincones más apartados y ponerla al nivel de las mejores escuelas privadas. A este proceso se le llamó “nacionalización de la enseñanza” pero este nombre es engañoso porque en Cuba ya la enseñanza era nacional. Este fue un afianzamiento importante del poder totalitario, una operación de dominio ideológico. Los marxistas, expertos en este tipo de justificaciones dirán que en todas las sociedades la clase dominante se encargan de educar a los niños a su conveniencia, pero yo creo en una ley, como la que siempre tuvimos, que permita que los padres sean los que decidan el tipo de educación que desean para sus hijos, si quieren mandarlos a una escuela religiosa o laica, privada o pública o enseñarlos ellos mismos, que existan todas las posibilidades según la ley.

Con este tablazo el comunismo nos quitó un gran derecho y lo disfrazó de eliminación de una injusticia. En el contexto de medidas anteriores muy populares y beneficiosas se produjo esta expropiación que afectó directamente a las familias más pudientes, con el consiguiente enfrentamiento entre pobres y ricos, alentado por el gobierno desde la tribuna. Desde entonces la enseñanza en Cuba ha sido gratuita, obligatoria, con escuelas especiales para los distintos tipos de minusvalía, pero también ha sido una constante que la escuela cubana les ha servido como vehículo para el adoctrinamiento de las nuevas generaciones en las ideas más radicales a su conveniencia.

Este proceso fue sin duda una advertencia para muchas familias cubanas de que había llegado la hora de enfrentar las ideas de la horda que se había adueñado del poder o marcharse del país, o por lo menos ir pensando en sacar a sus hijos por alguna vía. El enfrentamiento entre ricos y pobres, además de doloroso, fue deliberadamente provocado. En nuestra nación, desde que nacíamos, nos estaban inculcando que nuestra opción debía ser a favor de los pobres. Desde Jesucristo, hasta José Martí, todos los grandes forjadores de nuestra cultura hablaron con esa misma voz. Al cubano en ningún momento le resultó difícil apoyar las medidas que podían beneficiar a los más humildes, pero en este caso se trató de la clara usurpación de un derecho especialmente sensible para la familia: decidir el tipo de idea en que se van a educar los hijos. Para beneficiar a los pobres del mundo no hay que suprimirle las libertades a nadie. (continuará)

Adolfo Fernández Sainz, prisionero de conciencia, prisión de Canaleta, Ciego de Ávila.

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1 Comentario

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